¿Quién es el Ángel de Jehová?

 

En el Antiguo Testamento encontramos con frecuencia a un personaje misterioso llamado el Ángel de Jehová, o el Ángel de Dios, que interactúa con diversos personajes como:

  • Agar – Gén. 16:7-13 – Cuando huía de Sara y le ordenó volver.

  • Abraham – Gén. 22:11-18 – Cuando le impidió sacrificar a Isaac.

  • Jacob – Gén. 31:11-13 – Cuando lo instruyó para regresar a Canaán.

  • Moisés – Éx. 3:1-10 – Cuando lo comisionó para ir a Egipto a liberar al pueblo de Israel.

  • Josué – Jue. 2:1-5 – Cuando reprendió a Israel por su desobediencia.

  • Gedeón – Jue. 6:11-14 – Cuando lo envió a salvar a Israel de los madianitas.

  • Manoa y su esposa – Jue. 13:3-5 – Cuando les anunció el nacimiento de Sansón.

  • David – 1 Cr. 21-15-16 – Cuando fue enviado para destruir a Jerusalén

 

¡Qué impresionante! El Ángel de Jehová les cambió la vida a muchos personajes de la Biblia y cambió la historia del pueblo de Israel.

Entonces, ¿Quién es el Ángel de Jehová?

Digamos primero que hay muchos ángeles anónimos que han sido enviados por Dios tanto en el Antiguo Testamento, como en el nuevo Testamento. Por ejemplo, los dos ángeles que sacaron a Lot de Sodoma y el ángel que sacó a Pedro de la cárcel.

También hay ángeles con nombre que han sido enviados por Dios a cumplir encomiendas específicas. Como Miguel, el arcángel que luchaba a favor del pueblo de Dios en el tiempo de Daniel o como el ángel Gabriel que fue enviado a anunciar el nacimiento de Jesús. Todos los ángeles fueron creados por Dios (Col. 1:16-17), pero el Ángel de Jehová que nos ocupa en esta ocasión es un personaje diferente.

 

Como siempre, vamos a encontrar la respuesta en la misma Biblia.

Primero vamos a notar algo muy especial que se menciona en los pasajes en los que el Ángel de Jehová aparece: En el curso de su interacción con las personas, el Ángel de Jehová es llamado Jehová o Dios:

  • Agar “llamó el nombre de Jehová que con ella hablaba: Tu eres Dios que ve” – Gén. 16:13

  • A Abraham el Ángel de Jehová le dijo: “Por mi mismo he jurado, dice Jehová” – Gén. 22:16

  • A Jacob el Ángel de Dios le dijo: “Yo soy el Dios de Bet-el” – Gén. 31:13

  • A Moisés el Ángel de Jehová le dijo: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham…” – Éx. 3:6

  • Cuando Gedeón tuvo temor por haber visto al Ángel de Jehová cara a cara, “Jehová le dijo: Paz a ti” – Jue. 6:23

  • Cuando el Ángel de Jehová se le apareció, Manoa dijo: “Ciertamente moriremos, porque a Dios hemos visto” – Jue. 13:22

 

No puede quedar duda. El Ángel de Jehová es Dios, es Jehová.

Pero hay ocasiones en las que la Biblia se refiere al Ángel de Jehová como a alguien que es diferente de Jehová y es enviado por Jehová. Por ejemplo:

Éx. 23:20

He aquí yo envío mi Angel delante de ti para que te guarde en el camino, y te introduzca en el lugar que yo he preparado.

 

Zac. 1:12-13

Respondió el ángel de Jehová y dijo: Oh Jehová de los ejércitos, ¿hasta cuándo no tendrás piedad de Jerusalén, y de las ciudades de Judá, con las cuales has estado airado por espacio de setenta años?

Y Jehová respondió buenas palabras, palabras consoladoras, al ángel que hablaba conmigo.

 

Con esto podemos entender que el Ángel de Jehová es Dios, pero no es el Padre, sino que es la segunda persona de la Trinidad, nuestro Señor Jesucristo.

Esto es muy importante pues la Escritura dice que “a Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer”. (Jn. 1:18). Solo Cristo se ha hecho visible tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento. Nadie ha visto al Padre ni al Espíritu Santo.

¿A quién vieron, entonces, Agar y Abraham y Moisés? No al Padre, sino al Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

 

Las apariciones del Señor Jesús en forma visible, ya sea humana o angélica, son llamadas Teofanías. Estas solo ocurrieron en el Antiguo Testamento, antes de la encarnación del Señor. Una vez que el Señor vino al mundo en carne, nunca más se ha manifestado como el Ángel de Jehová.

Las apariciones del Ángel de Jehová en el Antiguo Testamento son una prueba de la preexistencia de Cristo. Es decir, que Cristo no fue solo un hombre, y no fue creado, puesto que existió desde la eternidad y se manifestó a los hombres desde antes de su nacimiento en Belén.

La Biblia declara la preexistencia de Cristo en muchas maneras:

  1. Antes de la creación: Cristo dijo: Padre, glorifícame… con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” – Jn. 17:5

  2. Durante la creación: Juan nos dice que el Verbo, Jesucristo, fue el Creador de todas las cosas – Jn. 1:1-4

  3. Después de la creación: Cristo dijo “Antes que Abraham fuese, yo soy” – Jn 8:58.

 

Por otro lado, hay varias ocasiones en las que el Señor Jesús se manifestó en el Antiguo Testamento sin presentarse como el Ángel de Jehová:

  • Cuando tres varones visitaron a Abraham en Génesis 18, uno de ellos es identificado como Jehová (18:13), mientras que los otros dos son identificados como ángeles (19:1). Abraham intercedió ante Jehová por Sodoma.

  • Cuando un varón se apareció a Jacob y luchó con él toda la noche, Jacob llamó ese lugar Peniel, porque dijo: Vi a Dios cara a cara y fue librada mi alma.” (Gén. 32:24-30).

  • Cuando los tres amigos de Daniel fueron echados al horno de fuego, Nabucodonosor vio a “cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses” (Dan. 3:25).

 

Podemos decir que todas las ocasiones en las que Dios se manifiesta en forma corporal, lo hace mediante la persona de Cristo.

 

Una nota final acerca del encuentro de Cristo con Jacob en Peniel:

Jacob estaba a punto de encontrarse con su hermano Esaú y tuvo gran temor (Gén. 32:7). No era para menos. Jacob le había robado la primogenitura y ahora Esaú venía a su encuentro con 400 hombres.

Jacob acudió a Dios en oración (32:9-12), mandó regalos para Esaú y preparó a su familia para el encuentro.

Esa noche, Jacob se retiró a solas para orar. Entonces un varón, que no era otro más que el Señor Jesús, luchó con Jacob hasta el alba. No puede haber sido una lucha de fuerza física, pues Jacob no hubiera tenido ninguna posibilidad para vencer, pero fue una lucha espiritual en oración. Las armas de Jacob no fueron sus fuertes brazos, sino sus fuertes oraciones y lágrimas, así como la fe que tenía en Dios y en sus promesas. Jacob dijo: “No te dejaré, si no me bendices” (Gén. 32:26) Oseas agrega que Jacob lloró y le rogó (Os. 12:3-4).

El varón le dislocó la coyuntura del muslo y Jacob cojeaba, pero obtuvo lo que buscaba: la bendición de Dios (32:29). Dios le cambió el nombre a Israel, Príncipe de Dios.

Esta victoria en oración le dio victoria en su encuentro con Esaú y lo preparó para llegar a ser el patriarca de la nación.

 

Nuestro deseo debe ser que podamos luchar con Dios en oración para ser vencedores, aunque en el proceso quedemos descoyuntados, sabiendo que su poder se perfecciona en nuestra debilidad (2 Co. 12:9).

Antiguo testamentoJesús

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